INMERSIÓN NOCTURNA: los Caballitos de mar
Jacinto Pérez
El pasado jueves, día 20 de Julio del 2001, quede con nuestro amigo Bruno, a las 10 de la tarde en el náutico de Ribeira, con objeto de pegarnos un chapuzón nocturno para probar unas cámaras de fotografía que se emplearán en los cursos de Iniciación a la fotografía subacuática, que en breve iniciaremos en HYDRONAUT@. Lo que no sabíamos era lo que nos deparaba esta inmersión.
Las razones por la que habíamos escogido el lugar de la inmersión eran variadas. Por un lado estaba la enorme riqueza biológica, ya conocida de la zona, por ser lugar de frecuentes inmersiones nocturnas programadas por el Centro, por otro poderos ofrecer imágenes de un curioso animal, el caballito de mar, muy abundante en esta zona. Además estaba la comodidad que representa tener agua dulce y luz en el lugar de la entrada y salida de la inmersión.
La entrada al agua fue un poco desalentadora, al comprobar la visibilidad reducida del agua por partículas en suspensión (nuestros focos de 100 watios apenas alcanzaban unos cuatro metros) y su posible influencia en los resultados fotográficos. Pero, quizás intuyendo la inmersión que nos aguardaba, la desilusión duró solo el tiempo del descenso, pues una vez en el fondo, y ante la cantidad de vida existente, nos centramos en el objetivo de la inmersión: encontrar y fotografiar caballitos de mar.
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Sin tiempo de fijar la dirección de la inmersión contemplamos un gobio (Gobius paganellus) que en clara actitud desafiante nos marcaba claramente su territorio, defendiendo, posiblemente, la puesta de huevos. Nuestro tamaño no le hizo retroceder ni un ápice, mostrándose totalmente firme en su tarea de guardar y defender su casa. Esto le hizo merecedor de nuestra atención y de convertirse en la estrella de ésta fotografía. |
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A poca distancia descubrimos un enorme buey (Cancer pagurus), que confiado de su tamaño ni se inmutó. Continuó con su tarea de alimentarse, mientras contemplaba impasible nuestros movimientos. Su pasmosa tranquilidad permitió que saciásemos toda nuestra curiosidad sobre su morfología, permitiendo que pudiésemos observarle desde todos los ángulos y distancias posibles. |
Continuábamos
nuestro recorrido, cuando de pronto, lo que parecía ser una piedra,
tomo vida, intentando huir de nuestros focos. Era una gigantesca centolla
(Maja esquinado) que intentaba guarecerse entre las
piedras del rompeolas.
Le cortamos el paso con afán de sacarle una fotografía, pero la centolla, quizas cansada de huir, nos hizo frente con sus enormes pinzas intentando arrancarnos la cámara de las manos, momento recogido en la fotografía. |
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Dejamos en paz al animal, y continuamos con nuestro lento deambular, casi arrastrados por una ligerísima corriente, escrutando cada centímetro cuadrado de nuestro entorno, conocedores de la riquísima diversidad biológica de la zona. El fondo es de arena gruesa y conchas, asentada en este sustrato descubrimos una enorme especie de anémona (Andresia Parthenopea). Sus tentáculos, casi traslúcidos, se mecían lentamente, apresando minúsculos organismos que llevaban lentamente a una especie de boca.
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Pero la verdadera razón de la inmersión estábamos a punto de encontrarla. En una piedra de la escollera, asido con su cola a las algas que tapizaban la roca, casi al lado de la anémona, estaba nuestro Caballito de mar (Hippocampus ramulosus), meciéndose rítmicamente al son de la corriente. Este pequeño animal, con una longitud máxima de 15 centímetros, de color entre verdoso y amarronado, con pequeñas pintas blancas, era la verdadera razón de nuestra inmersión. Sobre su dorso sobresalían unos largos apéndices filamentosos, que le daban un encanto algo especial. |
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Después
de un cierto tiempo de inmersión, y de contemplar decenas de caballitos,
hemos seleccionado, por su belleza, esta imagen, que como dice el refrán,
vale más que mil palabras. |
Agotado casi el tiempo de inmersión, y de vuelta al lugar de entrada, nos encontramos con este simpático ermitaño (Dardanus arrosor), que transportaba una enorme anémona (Calliactis parasitica) sobre su concha. Al contemplarla pensé en el ejemplo de esta simbiosis entre dos especies distintas, mientras la actinia protege al cangrejo de sus enemigos, ésta participa a cambio en las comidas del ermitaño habitante de la concha.
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La salida se convirtió en una explosión de preguntas y afirmaciones. Habíamos visto tantas curiosidades en tan poco tiempo, que necesitábamos comentarlas para intercambiar impresiones e intentar aclarar alguna duda. ¿Como era posible encontrar tanta vida en una inmersión a 6 metros de profundidad, con un recorrido de ida y vuelta de apenas 50 metros, y un tiempo en el fondo de 30 minutos?.
La última duda, felizmente aclarada al día siguiente, era la del resultado fotográfico, dada la enorme cantidad de partículas en suspensión. Pero vosotros podréis juzgarlo al contemplar estas imágenes.
Solo me queda animaros e invitaros a participar en los cursos de Iniciación a la fotografía subacuática que periódicamente realizamos en HYDRONAUT@. Infórmate y reserva plaza